
Me llamo Roque Iglesias Matonti y mi historia comenzó el 15 de agosto de 1962 en Montevideo.
Nací y crecí en el barrio Las Acacias, un rincón de calles tranquilas y vecinos que se conocían por su nombre. Aquellos primeros años de mi infancia quedaron grabados en la calidez de sus tardes, los juegos compartidos y la identidad de un barrio que me vio dar mis primeros pasos en la vida.
Crecer en mi hogar era habitar un puente entre dos mundos: soy hijo de madre italiana y padre español, una mezcla de culturas que llenó nuestra casa de tradiciones, acentos y un profundo sentido del esfuerzo. Fuimos tres hermanos, y a mí me tocó el rol del medio, ese lugar particular desde el cual aprendí a observar, a compartir y a ganarme mi propio espacio entre el alboroto y el afecto de una típica familia de inmigrantes.
El centro de nuestra vida familiar ocurría los domingos. Eran días de mesas infinitas en la casa de los abuelos, rodeados de tíos y primos donde nunca faltaba la pasta casera, la sopa de cucusu o, a veces, un buen asado. Esas largas sobremesas, ruidosas y afectuosas, marcaron mi noción de pertenencia. Sin embargo, a partir de mis cinco años, el escenario cotidiano cambió cuando nos mudamos a Carrasco. En aquel entonces, la zona estaba poco poblada, dominada por terrenos baldíos y densos montes de eucaliptos.
Mi niñez transcurrió respirando ese aroma inconfundible, en un barrio que se sentía como un enorme campo de aventuras. Había infinidad de rincones para explorar y calles tranquilas donde jugábamos a la pelota con los amigos, en una época dorada en la que la vereda era nuestra y no corríamos ningún peligro.
Los años de aprendizaje formal de la primaria los cursé en las aulas del Colegio Domingo Savio, una etapa que estructuró mis primeras rutinas. Aunque el verdadero escenario de mi adolescencia y mis primeros descubrimientos juveniles se trasladó a Malvín.
Vivir tan cerca de la rambla transformó por completo nuestra dinámica familiar y social. Con mis hermanos, el plan indiscutido de la semana era ir al legendario Cine Malvín. No era una sala cerrada, sino una imponente pantalla al aire libre montada sobre pilares directo en la arena. De martes a domingos, ese espacio a cielo abierto se convertía en el gran punto de encuentro del barrio; allí, entre la brisa del Río de la Plata, las estrellas y las luces de la proyección, transcurrieron los años más intensos y felices de nuestra juventud.
Guiado por una temprana inclinación hacia las manualidades, al terminar la escuela ingresé a la UTU, espacio fundamental donde descubrí mi vocación y aprendí diversos oficios, especializándome en electricidad, electrotecnia y completando el ciclo técnico de electrónica.
Mi camino en el mundo laboral formal empezó muy temprano, a los quince años, dividiendo mis días entre las jornadas en una empresa alemana de máquinas de oficina y el esfuerzo de estudiar de noche.
El gran salto profesional llegó a mis diecinueve años, cuando ingresé a la Administración Nacional de Usinas y Trasmisiones Eléctricas (UTE). Allí me abrí paso en el exigente terreno de la alta tensión, asumiendo distintas responsabilidades que conquisté paso a paso, a base de dedicación a través de concursos de oposición y méritos.
Mi vida nunca se limitó al plano técnico; desde muy joven sentí el llamado de la militancia en el área social, sembrando compromiso tanto en Montevideo como en distintos rincones del interior del país.
Esa profunda vocación comunitaria terminó de converger con mi profesión en los últimos años de mi carrera, al vincularme directamente al proyecto social impulsado desde la presidencia de UTE, buscando dignificar y llevar energía segura a los hogares más vulnerables.
Hoy, tras 44 años de trabajo ininterrumpido, disfruto de mi retiro laboral, pero de ninguna manera significa haber detenido mi marcha.
Actualmente, plenamente comprometido con la libertad y la democracia de nuestro país, he decidido asumir mi responsabilidad como ciudadano desde un nuevo frente: la creación del partido político Valores Republicanos.
Este es un proyecto en el cual creo y confío plenamente, una trinchera de ideas desde la cual sigo volcando la misma vocación colectiva de toda mi vida, convencido de que la mejor manera de honrar el camino recorrido es continuar construyendo el futuro de nuestra sociedad.

