Sobre mí
Nací y me crié en barrios humildes de Montevideo, lugares con los que sigo profundamente vinculado hasta el día de hoy. Allí están mis lazos, mi comunidad y una parte central de mi identidad. Vengo de un mundo donde el trabajo, el esfuerzo y la necesidad de rebuscársela no son teoría ni relato: son parte de la vida cotidiana.

Desde muy joven tuve una fuerte vocación por el trabajo y una inquietud permanente por participar en los asuntos sociales y públicos. A los 15 años, junto a un amigo, arrastrábamos un carro con ruedas de rulemanes hasta el viejo Mercado Modelo, comprábamos lechuga, ajo y limones, y salíamos a vender en las ferias. No lo hacíamos por necesidad extrema, sino por algo que me acompaña hasta hoy: la convicción de que el progreso solo tiene sentido cuando nace del esfuerzo propio, de la iniciativa y de las ganas de salir adelante.
Esa misma inquietud también me llevó muy temprano a la militancia estudiantil. Como estudiante participé activamente en la refundación de ASCEP-FEUU, junto a personas que años después tendrían una presencia conocida en la política nacional. Desde ese espacio integré la organización de la Semana del Estudiante, coordinando actividades artísticas y musicales que culminaron en una gran movilización por la avenida 18 de Julio, en la que estudiantes y trabajadores se fueron uniendo en una misma marcha. Fue una etapa de compromiso intenso, de entusiasmo y de participación real.
Mi primer trabajo formal fue como cadete en un estudio contable. Allí hacía trámites ante organismos del Estado, visitaba clientes y copiaba libros contables en una prensa manual. Poco después, a los 18 años, entré a trabajar en el transporte de ómnibus como guarda en una cooperativa. Corría el año 1983, en plena transición entre la dictadura y la recuperación democrática, y fui invitado a integrar el sindicato que se estaba reorganizando en la clandestinidad. El Río de Libertad no me lo contaron: lo viví, lo caminé y lo milité.
En aquellos años también me atrajo la propuesta romántica de la izquierda. Pero no pasó mucho tiempo antes de que chocara con la realidad de su interna y con una distancia demasiado grande entre el discurso que se ofrecía hacia afuera y el funcionamiento real que había puertas adentro. Esa experiencia me dejó una enseñanza que nunca olvidé: una cosa es el relato y otra muy distinta la forma en que se ejerce el poder.
Con esa desilusión a cuestas, me incorporé al Partido Colorado, espacio en el que milité durante gran parte de mi vida, acompañando distintas candidaturas y llegando incluso a fundar y liderar mi propia agrupación. A lo largo de toda esa trayectoria ocupé un solo cargo público: Concejal Municipal del Municipio D. Lo ejercí de forma totalmente honoraria, sin cobrar un peso del Estado, y desde ese lugar di una pelea frontal contra la persecución y el sistema de multas que golpeaba a pequeños comerciantes y emprendedores del territorio. Siempre entendí que no se puede castigar al que trabaja, al que arriesga y al que intenta sostener un negocio, mientras el Estado sigue creciendo, cobrando y complicando la vida de quienes producen.
Sin embargo, hace tres años tomé la decisión de alejarme por completo de la política tradicional. Me fui defraudado. Vi de primera mano que la llamada “casta” no quiere cambios reales. Lo que existe, en demasiados casos, es una rotación permanente del poder entre los mismos de siempre, una carrera por cargos, espacios y acomodos, y una ausencia total de un proyecto serio de país. En lugar de pensar en mejores oportunidades para la gente, el sistema parece cada vez más concentrado en sostener un Estado enorme, costoso y funcional a quienes viven de él.
Mi vida, mientras tanto, siguió siempre en paralelo por otro carril: el del trabajo, el emprendimiento y el riesgo personal. Y si hay algo que me acompañó durante décadas, fue la harina. A los 20 años emigré a Buenos Aires, donde instalé con un amigo un taller de confección de ropa. Pero el apego a mi tierra pudo más y decidí volver. A los 21 años tuve, en sociedad, mi primera panadería. Cuando esa sociedad se disolvió, regresé a trabajar en otra cooperativa de transporte. Más adelante, al ver que esa cooperativa estaba quebrando, resolví volver a emprender por mi cuenta y fundé una empresa distribuidora de cadetería, cartas y mailings.
Después vinieron la segunda, la tercera y la cuarta panadería. Más adelante creé una distribuidora de insumos gastronómicos que creció con fuerza y me dio una gran prosperidad: llegué a tener cuatro vehículos y catorce empleados a cargo. Pero también me tocó vivir la otra cara del emprendimiento. La mala intención de un cliente muy grande terminó arrastrando el negocio al quiebre. Fue un golpe durísimo, de esos que te sacuden no solo en lo económico, sino también en lo personal. En ese momento no supe cómo recuperarme. Hoy, con la experiencia que dan los años, sé que muchas cosas las habría hecho de otra manera. Pero también sé algo más importante: que la experiencia no se aprende en un manual, se paga. Y a veces se paga caro.
Toda esa trayectoria —la militancia, el trabajo, los aciertos, los errores, los emprendimientos, las caídas y las vueltas a empezar— me dejó una certeza muy fuerte: Uruguay necesita una sacudida profunda. Necesita recuperar la cultura del esfuerzo, el respeto por quien trabaja, el valor del pequeño emprendedor, la seriedad en la administración pública y la honestidad en la política. Necesita un Estado menos pesado, menos invasivo, menos caro y mucho menos funcional a la clase política.
Por eso hoy doy este paso. No para acomodarme en la política, sino para pelear por una forma distinta de hacerla. Porque no creo en la resignación, no creo en el relato vacío y no creo en una política que vive de sí misma mientras la gente se hunde en impuestos, trámites, inseguridad, abandono y falta de oportunidades.
Creo en un país donde el Estado deje de asfixiar al que produce, donde la política deje de servirse a sí misma y donde la decencia, el trabajo y la responsabilidad vuelvan a ocupar el centro.
Con ese espíritu acompaño este nuevo camino en Valores Republicanos.

